aBocaSarro

Entradas de Octubre 2006

De vuelta a casa, de vuelta fuera

Octubre 31, 2006 · Dejar un comentario

Al llegar a casa después de que el Julen me echara me encontré a la vieja y al Marcos desayunando. El viejo se había marchado ya a las cabras. No le ví en todo el día.

Anoche me lo encontré a la puerta de casa, que venía de la tasca. No supe distinguir si venía malhumorado o triste. Creo que son dos cosas que se mezclan o es que ya nos nacen juntas, no sé, pero parece que no va la una sin la otra.

¿Sales otra vez?
Si.
¿Vas a volver?
Sólo voy a ver al abuelo. Andará pocho ahora que empieza el frío.
Ya.

Abrió el zurrón y me dio El guardián entre el centeno. No dijo nada más, ni me miró más. Sólo entró en casa.

Me quedé allí plantada, mirando el libro, sin entender demasiado por qué me lo había dado. Sin entender por qué no me preguntaba dónde había estado la noche anterior, por qué no se enfadaba conmigo, por qué no me castigaba. Sin entender por qué no se hablaba en casa del Jaime, mi hermano, que se marchó a estudiar a la ciudad y aún no ha vuelto ningún año, ni ha enviado una carta o una postal. Empecé a echar de menos al Julen. Es un cabrón, pero al menos le entiendo, o creo que le entiendo, y me gusta cuando me da el viento en la cara montada en su moto.

Al final no fui a ver al Tirulete. Estuve paseando por el encinar. El libro que me dio el viejo lo he metido en un cajón.

Categorías: Sandra

La encinas

Octubre 30, 2006 · Dejar un comentario

Esta noche padre no me ha querido ver. Suele ocurrir cuando se ha pasado con el tinto. No me quiere ver, o al menos eso dice, pero yo sé que no quiere que yo le vea; no así, borracho, sin poder hablar. Cuando padre no quiere verme yo me acerco hasta la tasca, la única que hay en Vergamar. La tasca del Jacinto.

Jacinto es el poeta del pueblo. Se fue a estudiar a la ciudad, como todos, menos la Gema, que es analfabeta. Se fue a estudiar hispánicas y luego se volvió aquí, hecho un poeta. En el encinar del pueblo, Jacinto ha grabado sus poemas, uno por uno, en los troncos de las encinas. Con mimo y cuidado. Cada vez que termina un poema se marcha al encinar, da igual la hora que sea, y lo graba con un punzón. Tarda horas en terminarlo. Dice que hay que hacerlo sin que a la encina le duela; suave. En el pueblo nos gusta que haga eso; cuando andamos con la melancolía nos vamos hasta el encinar, a pasear… y a leer. Es buen poeta el jodido, pero también le da a la botella y eso le pierde a veces.

Esta noche me he acercado hasta la tasca del Jacinto, a emborracharme. Jacinto ya estaba borracho. La tasca vacía. Al verme entrar me ha puesto una copa de orujo y con media lengua me ha preguntado:

¿Por qué nadie lee mis poemas? ¿Qué tienen de malo? ¿Por qué ya nadie lee poesía?
Todos leemos tus poemas, Jacinto.
¡Pero yo no hablo del pueblo! – gritó – Hablo de los hombres. De todos los hombres. ¡De los chinos si hace falta!
Joder, Jacinto, joder… los chinos.
¿Por qué ya nadie lee poesía?
Porque no la entienden, Jacinto, porque no la entienden.
¡Pero la poesía no se entiende! ¡Se siente, coño, se siente!
Pero sentir es inconstitucional, ¿o no te habías enterado? Hace años que se prohibió sentir. Ahora hay que entender.

Pagué el orujo que no terminé y me me volví pa casa. Hoy no me han dejado ni emborracharme en paz.

Categorías: Humano · Poesía

El Julen

Octubre 29, 2006 · Dejar un comentario

Me pasado la noche en casa del Julen. Sus padres no están, se han marchado para Almería, a una boda o algo así. No les he dicho a los viejos dónde iba; luego se me ha olvidado llamarles y para cuando me he acordado ya era demasiado tarde (seguro que estaban durmiendo). Se me ha ido el santo al cielo. Hace un frío de cojones. No sé cuánto llevo andado, un par de kilómetros o así. En la moto del Julen no parece que Vergamar quede tan lejos.

Al principio ha estado bien, nos hemos visto una peli y hemos comido una pizza. Cuando ha terminado la peli nos hemos metido en el cuarto del Julen; nos podíamos haber quedado en el salón, pero el Julen ha dicho que llegarían sus hermanos y que era mejor que no nos encontrasen allí. Ahora ya no sé si sería verdad, con este frío y andando sola todo se ve distinto; no sé ni por qué voy hablando en voz alta. Será para que el camino parezca más corto.

En el cuarto del Julen me he sentado en la cama, no hay más sitio. Sólo hay una cama, un mueble con cajones y encima un ampli y un cd. Los altavoces cuelgan del techo, en unas redecillas blancas. Al lado del mueble hay un armario. En la única pared que queda libre (en una pared está el armario, en otra la puerta, que está muy cerca del armario y en otra la ventana), hay un poster de una tia en pelotas. El Julen me ha dicho que se lo regaló su tío (el dueño del taller en donde trabaja el Julen), y que lo tiene colgado para que su tío no se cabree, pero que a él no le gusta.

Nos hemos enrollado y eso también ha estado bien. El Julen está bueno. No me gusta que sus uñas estén tan negras, pero trabajando en un taller supongo que es normal. Hemos estado tirados en la cama mucho rato, nos hemos reído y acariciado. Luego el Julen se ha puesto cachondo y quería más. Le he dicho que nanai y no le ha gustado. Al final parecía que se le pasaba, pero entonces me ha salido con eso de que no hacía falta hacer nada por delante, que con el culo le valía; y ya sí se ha puesto muy pesado. A mí me ha dado miedo. Me decía que si me quitaba los pantalones, a él le valía con olerlo. Creo que es un cabrón. Ya me había avisado el abuelo Tirulete de que en ese pueblo son todos unos cabrones. Que no entienden al ser humano, que no les importa nada. Sólo se preocupan de que sus hijos trabajen cuanto antes para ganar más dinero. El abuelo me gusta, siempre me ha tratado bien, pero no le suelo hacer caso, me parece que está un poco majara; aunque el viejo me dice que es un sabio. El viejo suele ir todas las noches a verle.

Al final le he dicho al Julen que no me quitaba los pantalones. El Julen me ha mirado con unos ojos muy chungos. Se ha encendido un cigarro y me ha dicho que me marchase. Le he preguntado si no me llevaba de vuelta y me ha contestado que no podía, que era tarde y tenía que madrugar para ir al trabajo. Menudo cabrón. Pero me he ido, no quería estar allí ni un segundo más.

Hace un frío de cojones. El sol empieza a salir y espero que caliente un poco. A ver si hay suerte y llego antes de que se depierten los viejos.

Categorías: Sandra

Girando, girando…

Octubre 29, 2006 · Dejar un comentario

Estado de noria

Esta mañana hacía frío y yo me refugiaba entre la Nati y su abuela Jara. La llamé así porque su olor me recordaba a la jara, Jarita de chica y Jara ahora que ya va pa vieja. Acurrucado entre sus cuartos traseros me refugiaba, apenas había asomado el sol, sentado en un peñasquito ya de sobra conocido, allí estaba yo esta mañana. Había dejado a la Pepa dormida. El Marcos nunca se me viene a las cabras de madrugada y la Sara aún no había llegado a casa. Eso debió ser lo que me despertó, el no saber por dónde andaría la Sara, con sus dieciseis recientes.

Así me encontró padre, el Tirulete, acurrucado. Me sobresaltó. No solía venirse hasta allí arriba, su vida estaba en el parque.

¿Padre? ¿Qué hace aquí?

Es por tu madre. Cuando empiezan los fríos la echo de menos. Echo de menos sus piernas y sus brazos rodeándome. Hoy hace frío, el primero del otoño. El banco estaba helado.

Se acurrucó junto a mí, entre la Nati y la Jara, y le dio un trago largo a un brick de rosado que no había visto que traía consigo. Era muy temprano para andarse bebiendo. No le dije nada. El resto de cabras triscaban y trotaban.

¿Qué lees?

Estado de noria, padre. Una voz nos recuerda que somos islas, que andamos solos, y más en estos tiempos en donde querer disfrutar de la vida parece una enfermedad mental… pero qué le voy a contar a usted, padre. – El Tirulete miró arriba, echó otro trago y suspiró.

Échame una miaja al alma, hijo.

Habla de un hombre y una mujer y un niño, del hijo. ¿De verdad quiere que le lea, padre?

Asintió y yo le leí.

“La mujer ya no plancha sus arrugas,
ya no piensa en su edad…
[Tirulete estaba quieto]

El hombre junta apósitos y letras
si se acerca la noche a seducirlo…
[Tirulete escuchaba]

El niño no ha encontrado la pelota
y el mundo no ha parado de moverse. “

Cuando cerré el libro Tirulete estaba llorando.

Esto es sólo para cabreros, hijo, no le digas a los tontitos que lean el libro. – se sorbió los mocos que empezaban a asomar. – ¿Quién lo escribió?

Ana Martín Puigpelat, padre.

Es sólo para cabreros.

Tirulete se levantó. Echó el brick ya vacío en mi zurrón. Se marchó.

Categorías: Martin Puigpelat · Poesía · Queso de Cabra

Desde un único punto de vista

Octubre 27, 2006 · Dejar un comentario

Anoche fui a ver a padre, al Tirulete. Le encontré mirando un clavo oxidado, sentado en el banco… el clavo. Él estaba de pie frente al banco. Corría aire. Me senté en el banco, junto al clavo. Tirulete no saludó, pero empezó a hablar:“Un humano andaba por una acera cuando se cruzó una paloma que, situándose delante del humano, avanzaba a pequeños saltitos. El humano pensó que la paloma era un animal estúpido porque no se apartaba para dejarle pasar aun a riesgo de que le pisase la cabeza. La paloma sentía al humano detrás, a escasos centímetros. La paloma entonces pensó que el humano debía ser estúpido porque no le pisaba la cabeza, aun cuando era evidente que quería pasar”.

Las palomas no piensan padre, le dije.
Tirulete me miró y se dio la vuelta para sentarse en el banco junto a mi.

Culo, mira qué culo.

La hija del Pedro pasaba de vuelta a casa.

El culo de la hija del Pedro

Categorías: Humano

Jeroglíficos que vuelan

Octubre 24, 2006 · Dejar un comentario

La Nati

No hago más que mirar a la Nati, mi cabritilla más joven, pensando en aprovechar estos días, que aún anda entetada. Que luego crecen y hacen daño, con esos dientes que llevan ya más grandes.

Y hablando de dolor, ¿no habrás leído por casualidad un librito titulado el ladrón de tumbas?. Sí, sí, no mires para otro lado, es a tí, al tontito. Porque si te lo has leído y terminado es que eres de los tontitos. ¿No? ¿No lo has leído? Bueeeno; la Pepa lo compró, que se lo dijo la Gema [la analfabeta del pueblo, - que va de moros o egipcios, o algo, mujer, que lo he oído en la radio, hazme caso, Pepa, que ya me lo lees tú-, le dijo a mi Pepa].

Déjame que te cuente el principio:

El calor era insoportable.[... aquí un rollo de dos frases largas que no aporta nada].

Sin embargo, a aquellas personas el hecho no parecía importarles demasiado. El más joven, un niño aún, miraba nervioso hacia la angosta salida. Los otros dos, hombres ya, se movían con extremada cautela en la agobiante penumbra del interior de aquella tumba.
Sabedores de que no podrían permanecer demasiado tiempo allí, actuaban con la celeridad y concisión propias de quienes están habituados a tan tenebrosas prácticas; fruto, sin duda, de sórdidos años de experiencia.
El niño permanecía quieto, observando ensimismado los murales inscritos en las paredes hacía siglos.[... y más Mierda de Cabra]

¿Ves algo… raro? ¿no?. Bueeeeno.

A pesar de todo continué leyendo. Nati bostezaba. Llegué a la página 56 donde empieza una hermosa lección de historia que llega hasta alguna página, no sé cual, no continué más allá de la página 57. Entonces me pregunté: ¿Pero qué ano de cabra es esto?. Le leí a la Nati la sinopsis. La resumo:

“Un padre y un hijo roban tumbas… [bien] Tienen un golpe de suerte y roban un tesoro muy chulo… [bien] Se van pa Menfis… [bien] Al hijo le operan de fimosis con algo que corta, conoce la amistad y la traición y el amor… [ZZZzzzzzZZZZzzz] Trabaja para un fenicio y a ratos debe ser soldado o algo [ZZZzzzzz, bien, bien]“Pues nada, que con eso ya está leída tan curiosa novelita. Si te gustan las cabras, como a mí, ya tienes suficiente. Si eres de los tontitos ya sabes… corre, corre, a comprarte esta Mierda de Cabra.

[Nota para el autor: Don Antonio Cabanas]

Esteeeee….. ¿Qué tal si te dedicas a volar y dejas a los pobres cabreros vivir en paz? Lo digo desde el amor, el amor por la humanidad, porque soy un sentimental y porque no tienes ni puta idea de escribir [Y sospecho que nunca la tendrás]

Categorías: Mierda de Cabra · Narrativa