Los niños han aparecido hoy otra vez. Al principio era tema de conversación habitual en el pueblo: ¿De dónde coño vienen? ¿Quién coño son?. Pero con el tiempo ya nadie se pregunta nada. Vienen cuando quieren, sin avisar. Las veces que les hemos preguntado quienes eran se han quedado mirándonos como si no entendiesen una palabra de lo que decimos, o peor aún, como si la respuesta fuera evidente y nosotros unos gilipollas por preguntarlo. Cuando vienen es día de fiesta en Vergamar.
Hoy les he oído desde arriba. Estaba tumbao en el pasto, pa sentir frío nada más. No me apetecía ni ver a la Jara. No ando bien, no hago más que pensar en la Sandra y cómo se me va de las manos, la muy jodía, que ya son dieciseis y no me he dado ni cuenta. Estaba oyendo el alboroto cuando otro ruido me ha hecho incorporarme. Se acercaba el Elías, el ovejero. Me gusta el Elías, aunque en el monte no coincidimos. cada uno tiene sus cosas y sus rutas, no nos gusta mezclarnos. A veces paso por su casa, alguna noche, algún sábado. Bebemos y charlamos. La Eloísa es su mujer, es la doctora del pueblo, la que nos cuida, vamos. En la consulta manda ella, pero en casa, es el Elías quien manda. Tienen una relación de esas de sumisión o como se llame, y cuatro chavales como cuatro soles. Cuando ya están acostados, algún sábado a la noche, me acerco a ver al Elías, y me cuenta de novelas negras, especialmente americanas.
Hoy el Elías venía sólo. Le he gritado.
¡Eh! ¿Dónde has dejado las ovejas?
Hoy he salío por setas, andan abajo las ovejas. Pero me vuelvo, que han venido los niños.
Ya les oigo, ya
¿No te vienes?
No, hoy no.
El Elias se paró frente a mí, como confuso. Llevaba un cesto colgando de la mano derecha y un libro bajo el brazo izquierdo.
¿Que no te vienes? ¿Pues que te pasa, Sarrete?
No me hayo, Elías. Ando preocupado… cosas… ¿Qué te lees?
Elías dejó la cesta en el suelo, sacó el libro del sobaco y lo miró con gusto.
1280 almas, del Thompson. En inglés, que me lo ha regalado mi cuñado. Le tenía ya ganas, que la edición de Bruguera esa vieja que tengo no me terminaba de convencer. ¿Y tú?
Devolvió el libro al sobaco y cogió la cesta
Ná. Estoy aquí sólo tumbado al frío.
¡Uuuy! Sí que me andas mal. Pásate el próximo sábado y me cuentas. ¿En serio no te bajas?
No, me quedo.
Vale, como quieras.
El Elías se alejó a paso rápido y yo me volví a tumbar.
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