Sarro. Es lo que me sale de entre los dientes, desde que era bien chico. Por eso me hice cabrero, aquí, en Vergamar. Soy cabrero y leo. Libros. Cuido las cabras y leo, y alguna vez me tiro alguna y algún libro al río. A Pepa, que es mi mujer, no le gusta… que me tire alguna cabra digo. Luego me dice que no huelo a sarro como siempre. Es una bendita, una gorda bendita, muy gorda y algo menos bendita que gorda. Pero me ha dado al Marcos, al Jaime que desapareció y a la Sara, la chica, por niña y por pequeña, que ya cumple los dieciséis. El Marcos ya se me viene a las cabras alguna mañana, aunque no le quito la manía de subir con el mismo libro, siempre el mismo, siempre el mismo, lo lee y lo lee, lo subraya y lo recita, se me está volviendo loco yo creo.
A la noche voy a ver a padre, el Tirulete le llamamos, porque anda mal el hombre. Vive a la salida del pueblo, entre el bric de vino y un plástico para la lluvia, para dormir debajo del banco que hay en el parque. No hay forma de hacerle venir a casa. Cuánto sabe este hombre. Por las noches voy a verle y dar unos tragos del vino malo que siempre tiene. Me habla de filosofía, de la buena, de la de siempre, y miramos los culos de las mozas que vuelven a casa del campo, vuelven para la cena. Yo le hablo de poesía, que se que le gusta al hombre.
Por lo demás, mis dientes con sarro, es normal. ¿Quieres lamerlos?
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