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Entradas clasificadas como ‘Poesía’

Día de niños

Noviembre 5, 2006 · Dejar un comentario

Hoy el día ha amanecido con la plaza llena de niños. De vez en cuando, algún día que otro, el pueblo se levanta así, invadido de niños. No sabemos de dónde vienen ni quienes son, pero son muchos. Me ha despertado el alboroto y me he levantado corriendo. Me gustan estos días, así que me he vestido y he ido a la habitación de padres. El viejo ya no estaba. Cada vez se marcha antes a las cabras. He despertado a la vieja.

Han venido los niños.
Bien – me ha dicho somnolienta.
¿Desayunamos fuera?
Bien – ha respondido. El Marcos seguía durmiendo.

Cuando vienen los niños la Amalia, la mujer del Jacinto, saca las mesas que tiene en la bodega de la tasca y las pone en la plaza, llenándolas de chocolate y preñaos calientes. Los preña de todo lo que encuentra, dulce o salado, para que los niños coman. Se ilumina la cara de la Amalia estos días, a ella que nunca le han dado hijos. Y es que el Jacinto de tanto beber o nunca ha podido o ya ha matado el poder.

Mientras la vieja se vestía he buscado algo para leerles a los niños. Me gusta hacerlo cuando vienen. Formamos corros grandes y recitamos poemas y cuento cuentos que ellos interpretan a su manera, tan peculiar, tan loca. Al final he cogido a Belli; un cuento para ellos (El taller de las mariposas) y un poemario para mí (De la costilla de Eva; y es que algo me falta estos días). La vieja y yo nos hemos ido del brazo a desayunar a la plaza.

Quiero irme a buscar al Jaime. Casi lo tengo decidido.

Categorías: Gioconda Belli · Queso de Cabra · Sandra

La encinas

Octubre 30, 2006 · Dejar un comentario

Esta noche padre no me ha querido ver. Suele ocurrir cuando se ha pasado con el tinto. No me quiere ver, o al menos eso dice, pero yo sé que no quiere que yo le vea; no así, borracho, sin poder hablar. Cuando padre no quiere verme yo me acerco hasta la tasca, la única que hay en Vergamar. La tasca del Jacinto.

Jacinto es el poeta del pueblo. Se fue a estudiar a la ciudad, como todos, menos la Gema, que es analfabeta. Se fue a estudiar hispánicas y luego se volvió aquí, hecho un poeta. En el encinar del pueblo, Jacinto ha grabado sus poemas, uno por uno, en los troncos de las encinas. Con mimo y cuidado. Cada vez que termina un poema se marcha al encinar, da igual la hora que sea, y lo graba con un punzón. Tarda horas en terminarlo. Dice que hay que hacerlo sin que a la encina le duela; suave. En el pueblo nos gusta que haga eso; cuando andamos con la melancolía nos vamos hasta el encinar, a pasear… y a leer. Es buen poeta el jodido, pero también le da a la botella y eso le pierde a veces.

Esta noche me he acercado hasta la tasca del Jacinto, a emborracharme. Jacinto ya estaba borracho. La tasca vacía. Al verme entrar me ha puesto una copa de orujo y con media lengua me ha preguntado:

¿Por qué nadie lee mis poemas? ¿Qué tienen de malo? ¿Por qué ya nadie lee poesía?
Todos leemos tus poemas, Jacinto.
¡Pero yo no hablo del pueblo! – gritó – Hablo de los hombres. De todos los hombres. ¡De los chinos si hace falta!
Joder, Jacinto, joder… los chinos.
¿Por qué ya nadie lee poesía?
Porque no la entienden, Jacinto, porque no la entienden.
¡Pero la poesía no se entiende! ¡Se siente, coño, se siente!
Pero sentir es inconstitucional, ¿o no te habías enterado? Hace años que se prohibió sentir. Ahora hay que entender.

Pagué el orujo que no terminé y me me volví pa casa. Hoy no me han dejado ni emborracharme en paz.

Categorías: Humano · Poesía

Girando, girando…

Octubre 29, 2006 · Dejar un comentario

Estado de noria

Esta mañana hacía frío y yo me refugiaba entre la Nati y su abuela Jara. La llamé así porque su olor me recordaba a la jara, Jarita de chica y Jara ahora que ya va pa vieja. Acurrucado entre sus cuartos traseros me refugiaba, apenas había asomado el sol, sentado en un peñasquito ya de sobra conocido, allí estaba yo esta mañana. Había dejado a la Pepa dormida. El Marcos nunca se me viene a las cabras de madrugada y la Sara aún no había llegado a casa. Eso debió ser lo que me despertó, el no saber por dónde andaría la Sara, con sus dieciseis recientes.

Así me encontró padre, el Tirulete, acurrucado. Me sobresaltó. No solía venirse hasta allí arriba, su vida estaba en el parque.

¿Padre? ¿Qué hace aquí?

Es por tu madre. Cuando empiezan los fríos la echo de menos. Echo de menos sus piernas y sus brazos rodeándome. Hoy hace frío, el primero del otoño. El banco estaba helado.

Se acurrucó junto a mí, entre la Nati y la Jara, y le dio un trago largo a un brick de rosado que no había visto que traía consigo. Era muy temprano para andarse bebiendo. No le dije nada. El resto de cabras triscaban y trotaban.

¿Qué lees?

Estado de noria, padre. Una voz nos recuerda que somos islas, que andamos solos, y más en estos tiempos en donde querer disfrutar de la vida parece una enfermedad mental… pero qué le voy a contar a usted, padre. – El Tirulete miró arriba, echó otro trago y suspiró.

Échame una miaja al alma, hijo.

Habla de un hombre y una mujer y un niño, del hijo. ¿De verdad quiere que le lea, padre?

Asintió y yo le leí.

“La mujer ya no plancha sus arrugas,
ya no piensa en su edad…
[Tirulete estaba quieto]

El hombre junta apósitos y letras
si se acerca la noche a seducirlo…
[Tirulete escuchaba]

El niño no ha encontrado la pelota
y el mundo no ha parado de moverse. “

Cuando cerré el libro Tirulete estaba llorando.

Esto es sólo para cabreros, hijo, no le digas a los tontitos que lean el libro. – se sorbió los mocos que empezaban a asomar. – ¿Quién lo escribió?

Ana Martín Puigpelat, padre.

Es sólo para cabreros.

Tirulete se levantó. Echó el brick ya vacío en mi zurrón. Se marchó.

Categorías: Martin Puigpelat · Poesía · Queso de Cabra