Esta noche padre no me ha querido ver. Suele ocurrir cuando se ha pasado con el tinto. No me quiere ver, o al menos eso dice, pero yo sé que no quiere que yo le vea; no así, borracho, sin poder hablar. Cuando padre no quiere verme yo me acerco hasta la tasca, la única que hay en Vergamar. La tasca del Jacinto.
Jacinto es el poeta del pueblo. Se fue a estudiar a la ciudad, como todos, menos la Gema, que es analfabeta. Se fue a estudiar hispánicas y luego se volvió aquí, hecho un poeta. En el encinar del pueblo, Jacinto ha grabado sus poemas, uno por uno, en los troncos de las encinas. Con mimo y cuidado. Cada vez que termina un poema se marcha al encinar, da igual la hora que sea, y lo graba con un punzón. Tarda horas en terminarlo. Dice que hay que hacerlo sin que a la encina le duela; suave. En el pueblo nos gusta que haga eso; cuando andamos con la melancolía nos vamos hasta el encinar, a pasear… y a leer. Es buen poeta el jodido, pero también le da a la botella y eso le pierde a veces.
Esta noche me he acercado hasta la tasca del Jacinto, a emborracharme. Jacinto ya estaba borracho. La tasca vacía. Al verme entrar me ha puesto una copa de orujo y con media lengua me ha preguntado:
¿Por qué nadie lee mis poemas? ¿Qué tienen de malo? ¿Por qué ya nadie lee poesía?
Todos leemos tus poemas, Jacinto.
¡Pero yo no hablo del pueblo! – gritó – Hablo de los hombres. De todos los hombres. ¡De los chinos si hace falta!
Joder, Jacinto, joder… los chinos.
¿Por qué ya nadie lee poesía?
Porque no la entienden, Jacinto, porque no la entienden.
¡Pero la poesía no se entiende! ¡Se siente, coño, se siente!
Pero sentir es inconstitucional, ¿o no te habías enterado? Hace años que se prohibió sentir. Ahora hay que entender.
Pagué el orujo que no terminé y me me volví pa casa. Hoy no me han dejado ni emborracharme en paz.


